"La prensa es una boca forzada a estar siempre abierta y a hablar siempre. Por eso, no es de extrañar que diga muchas más cosas de las necesarias, y que a veces divague y se desborde"
Alfred de Vigny, poeta, dramaturgo y novelista francés. (1797-1863)

28 de abril de 2017

Televisión privada en España, un concepto equivocado

Con la llegada a España en 1990 de lo que conocemos como televisión privada, abandonamos el monopolio de la televisión oficial para poder acceder a una oferta más plural de nuevos canales que desgraciadamente con el paso de los años se ha ido empobreciendo, reduciéndose a un duopolio donde la pelea por la audiencia se ha hecho muy encarnizada, donde ya solo priman los ingresos publicitarios y el temido share, la sentencia de la audiencia que establece que programa o contenido debe desaparecer o cual debe seguir, con lo que la televisión privada se ha transformado en una televisión comercial pura y dura. El concepto ha cambiado.

Una denominación la de “comercial” mucho más adecuada para las actuales cadenas de televisión, pues el objetivo de éstas es exclusivamente la rentabilidad económica, olvidándose cada vez más de sus inicios, donde además del entretenimiento se apostaba por una línea editorial independiente y lo más objetiva posible.

Hay muchos ejemplos de esto que decimos, como los llamados “programas del corazón” y los de “información política” o “investigación”, que concitan en sus horarios de emisión una amplia atención por parte de una audiencia ávida de “información veraz” sobre “temas de interés” para el gran público.

Así, los programas del “corazón” son de los más rentables pues se articulan sobre unos bajos costes de producción y la creación/invención de contenidos tratados desde una perspectiva polémica, casi agresiva, de discusión sin más y, por supuesto, con muy poco rigor informativo por no decir que inexistente. Cuestiones sin transcendencia sobre personajes oportunistas sin importancia, que el espectador digiere cual comida basura en cantidades industriales pero con notable éxito de audiencia.

En cuanto a los segundos, los denominados de “información política” o de “investigación” se estructuran sobre contenidos también polémicos respecto a los cuales es seguro que la audiencia mostrará interés porque el contenido se radicaliza, si hay debate se lleva a la discusión más extremista, donde la opinión de los participantes es aceptada sin más, aunque haya sido expresada sin rigor alguno, con planteamientos básicos, demagogos o populistas y basados en una escasa información manifestada por “todólogos” en cuyo currículum suelen pesar más las invectivas, los gritos y las descalificaciones hacia el contrario, que una trayectoria académica, profesional o política seria.

Gracias a todo esto, el resultado obtenido se ve reflejado en unos altos niveles de audiencia que hacen rentable al programa y la cadena aunque para ello, la noticia, el hecho y muchas veces la verdad, pase a ser un asunto secundario cuando no anecdótico.

Es más, cuando a estos programas se invita a participar a algún “ingenuo” que acude con toda la buena intención de aportar una opinión o versión sobre el tema en cuestión, basada en información veraz u objetiva, esto se vuelve contra él pues lo que dice pasa a ser secundario. Para empezar eso no vende y además existe un acuerdo no escrito entre los colaboradores que participan en los programas y los responsables de éstos, en los que los primeros asumen papeles que benefician a ambos en el terreno profesional y personal y, por supuesto, a quienes rinden cuentas, es decir, a las empresas de televisión.

Desde hace ya tiempo los programas de política en general y de temas sociales en particular se han “salvamizado”, tienen la esencia de programas como “Sálvame”, que sin tocar los temas de la prensa rosa, tienen en cambio todos sus ingredientes: creación o invención de contenidos tratados con polémica, con agresividad y radicalismo, de discusión estéril y con nulo rigor. Tienen mucho éxito pero carecen de la mínima calidad, del mínimo rigor y de la mínima objetividad periodística, por no mencionar la ausencia de total credibilidad, por más que se anuncien como programas de debate político o social, de carácter independiente, plural y democrático, cuando todo eso no interesa porque no vende. Es la máxima audiencia, la máxima publicidad y por ende, la máxima rentabilidad económica lo realmente importante.

En definitiva, lo que se entiende como televisión privada en estos momentos en España como en otros países de nuestro entorno, no existe. En su lugar hay una televisión comercial consagrada única y exclusivamente a la rentabilidad económica sin tener en cuenta el rigor, la objetividad, la información veraz y la opinión que debería tener una televisión privada. El concepto ha cambiado.