"La prensa es una boca forzada a estar siempre abierta y a hablar siempre. Por eso, no es de extrañar que diga muchas más cosas de las necesarias, y que a veces divague y se desborde"
Alfred de Vigny, poeta, dramaturgo y novelista francés. (1797-1863)

4 de noviembre de 2014

La comunicación, bálsamo contra la corrupción

No corren buenos tiempos para quienes desean dedicarse a la “cosa pública”; sus protagonistas en nuestro país se están viendo inmersos en una espiral desenfrenada que les lleva en caída libre hacia el mayor y más oscuro de los abismos, a tenor de las informaciones con las que cada día los ciudadanos de este país nos desayunamos.

Pero basta con tirar de hemeroteca para darnos cuenta que la corrupción que hoy padecemos no es un mal nuevo, aunque haya quienes prefieran así creerlo. Casi todos los partidos políticos de nuestro país tienen tras de sí un pasado en el que los casos de corruptelas y demás delitos les han salpicado en mayor o menor medida y en alguna ocasión, como también se dice ahora, hemos vivido tiempos en los que la situación se convirtió en insostenible y hacían peligrar los cimientos de nuestro Estado democrático, al igual que tampoco es nuevo que haya voces que se alcen exigiendo un saneamiento y regeneración de la vida política, aunque parece que a veces nos falla la memoria.

Lo que sí hay en esta situación de novedoso es su repercusión mediática, eso es lo que les diferencia de otros tiempos. Ahora, a los medios tradicionales se suman los medios digitales que aportan una inmediatez, difusión y repercusión inauditos y que han hecho de las redes sociales un extraordinario vehículo de expresión para eruditos y profanos, con los pros y contras que ello pueda suponer para poder discernir el polvo de la paja, pero en el que afortunadamente todas las opiniones tienen cabida y tras las cuales quedan retratados algunos individuos que tienen a bien manifestarse a través de este mundo virtual.

Los ciudadanos, ahora igual que entonces, estamos ávidos de respuestas de nuestros representantes, de esos que hemos elegido y que a su vez han elegido a otros para que les acompañen en la tarea encomendada y de los que sólo sabemos de su existencia cuando vemos sus fotos publicadas en algún medio al verse implicados en algún escándalo, como está siendo habitual.

En este contexto, no vale sólo pedir perdón o publicar en la correspondiente web de turno el patrimonio con el que cuentan cada uno de ellos, -ya sabemos todos lo fácil que es manejar y manipular estos datos-, aunque válida, esa es sólo una mínima medida para intentar atajar este gravísimo problema.

La clase política necesita afrontar sin ambages esta difícil situación y llevar a cabo un ejercicio de responsabilidad a la altura que demandan los hechos, haciéndose vital comunicar con claridad y sentido crítico a la ciudadanía que es lo que está pasando y trabajar por recuperar la desastrosa imagen que los ciudadanos tienen actualmente de ella.
Se trata de una situación de crisis y, como tal, gobierno y partidos representativos deben desarrollar una estrategia de comunicación que frene y ponga razón a este sinsentido que inunda la vida pública española y recuperar la reputación perdida.

Esta estrategia, aplicable a la actual vida pública española, debería integrar una serie de puntos esenciales en la comunicación de crisis que, por básicos, no dejan de ser imprescindibles a la hora de transmitir de forma efectiva aquellos mensajes dirigidos a los ciudadanos y que podrían resumirse en cinco puntos:

- Evitar el silencio y la inacción: si no actuamos, otros lo harán en nuestro lugar, especialmente los adversarios políticos, ofreciendo su particular y partidista visión del problema.

- No mentir: los errores se pueden perdonar, la mentira no. En política esto se paga caro.

- Reconocer los errores: si los hechos están constatados, el reconocerlos no nos hará ni más culpables ni más vulnerables y sí más humanos.

- Ser transparentes: ofrecer de forma clara la información de la que se disponga.

- Asumir responsabilidades: la asunción de responsabilidad demuestra el grado de compromiso con la ciudadanía que es a quien se sirve.

Estas pautas esenciales necesitarían complementarse, naturalmente, con el desarrollo de acciones en otros ámbitos que escapan al de la comunicación y que, junto con ellas, pondrían en valor a todos aquellos que realmente tienen vocación política y que ven en ella su esencia, la de labor con la contribuir al desarrollo y bienestar de la ciudadanía, sin olvidar que es a ésta a la que se deben y sirven en todo momento.

Este sería un primer pero importante paso para recuperar la imagen y la credibilidad perdidas por la clase política.