"LA TELEVISIÓN ES EL ÚNICO SOMNÍFERO QUE SE TOMA POR LOS OJOS"
Vittorio de Sica. Actor italiano (1901-1974)

20 de octubre de 2014

Ébola: el virus amarillo de la información

El caso del primer contagio de ébola en nuestro país es un ejemplo más de cómo no todos los medios tratan la información de la misma forma y no por su línea editorial que, como es natural. difieren de unos a otros, sino por su responsabilidad a la hora de informar.

En estos momentos en los que se hace tanto hincapié sobre el derecho que tienen los ciudadanos a recibir una información completa, veraz y transparente sobre todo lo que pueda acontecer en nuestro país, algunos medios de comunicación se presentan ante ellos como los más imparciales, garantistas y defensores de esos derechos y libertades.

Son estos mismos medios los que se encargan de airear las protestas y hacerse eco de cualquier reivindicación ciudadana, por muy absurda que esta pueda llegar a ser, basándose en la legitimidad de ésta y en el derecho a informar que tienen ellos.

Pero no todo vale. Ni todas las causas son merecedoras de titulares en prensa, ni todos los caminos para conseguirlo son aceptables.

En el caso del ébola, hemos podido escuchar una entrevista en directo vía teléfono con una persona que se encontraba entre la vida y la muerte, que con la voz comprensiblemente cansada respondía a las preguntas de su entrevistador. Este exclusivo documento, no nos engañemos, no tenía nada de humanitario pues nada aportaba a esta persona que se encontraba recluida en el hospital pasando por ese difícil trance y sí mucho de exclusiva morbosa con la que conmover al espectador u oyente de turno y con la que infundirle, aparte de pena, una preocupación por un problema, el del ébola, que hasta ahora nos quedaba a todos –el mundo desarrollado- muy lejano. Realmente, ¿era esto necesario? ¿Es esto periodismo?

Este hecho al igual que otras actuaciones y comentarios que hemos podido ver y oír en estos mismos medios han ido formateando el subconsciente de unos ciudadanos que, ante la gravedad de los acontecimientos y el miedo a lo desconocido, han protagonizado escenas desproporcionadas e impropias de una sociedad como la española.

La labor de informar ha quedado relegada, en muchas ocasiones, a simples acusaciones y reproches a los procedimientos llevados a cabo en la gestión del caso del ébola por parte de las autoridades que, aunque en gran parte merecidos, constatan como quienes están al otro lado ideológico no dejan pasar una oportunidad para atacar al gobierno, convirtiéndolo en su principal objetivo, haciendo de sus informaciones una mera crítica que no por más que se repita cobrará más veracidad.

Se trata de dar espectáculo y de hacer audiencia, aunque para ello se utilice la buena fe de los ciudadanos que opinan ante sus micrófonos, convirtiendo a alguno de ellos en portavoces que después de repetidas apariciones pierden la espontaneidad primera, pasando a transformarse en partícipes aleccionados con los que retroalimentarse. Estos mismos medios son los que además se jactan de repetir que dan voz a aquellos que nunca la tienen, que ellos siempre se encuentran donde está la noticia y que la ofrecen tal cual, de una forma natural y rigurosa.

Pero tras toda esta parafernalia y esa supuesta ética periodística se esconde no un ejercicio de información sino de irresponsabilidad en un momento crítico en el que se requiere unir apoyos para hacer un frente común y no para ver en él una oportunidad en la que poder arremeter contra el adversario político. Las críticas son buenas y necesarias, pero a su debido tiempo y ejercitándolas desde el análisis y la comprensión, siempre con ánimo de sumar y no de destruir y, en esta ocasión, sin olvidar la gravedad y lo novedoso de los hechos.

A pesar de la gran mejoría experimentada por la enferma, estos medios siguen aún empecinados en poner el acento en los posibles errores cometidos, como si les fuera en ello la supervivencia, no la de la enferma, sino la de ellos mismos, restando impacto a lo extraordinariamente positivo de la noticia.

El tremendismo, el magnificar los hechos y el sesgo en la información, ni que decir tiene, que no contribuyen a la objetividad informativa como tampoco que los propios moderadores lancen soflamas ideológicas conformando junto a los tertulianos un circo mediático en el que vocean sus posturas, enfrentándose unos bandos contra otros escenificando, según ellos, la pluralidad de pensamiento que existe en nuestro país y reflejando lo que pasa realmente en las calles.

Todo ello no hace más que rebajar al periodismo a la condición de simple herramienta al servicio del poder político de turno, denigrando la profesión y convirtiéndola ante la opinión pública en una trinchera ideológica y a los periodistas en meros soldados entregados a una causa partidista.

No, no todo vale en el mundo de la comunicación cuando parece que lo que prima es crear polémica y cuando son exclusivamente los escándalos los que copan los titulares, anunciados a bombo y platillo, eso sí, incidiendo machaconamente en unos y pasando a hurtadillas por otros, dependiendo del color político del periodista de turno. Esto no es más que sensacionalismo, puro amarillismo, no periodismo.

Que la opinión de los ciudadanos ha de tener hueco en los medios de comunicación no es sólo una obviedad sino que debe ser una obligación por parte de estos, pero que desde sus privilegiadas tribunas algunos informadores las utilicen para seguir su propio guión ideológico para defender intereses ajenos al periodismo, es otra cuestión.

Publicado en Top Comunicación