"Donde funciona un televisor hay alguien que no está leyendo"
John Irving, escritor estadounidense. (1942)

20 de octubre de 2014

Ébola: el virus amarillo de la información

El caso del primer contagio de ébola en nuestro país es un ejemplo más de cómo no todos los medios tratan la información de la misma forma y no por su línea editorial que, como es natural. difieren de unos a otros, sino por su responsabilidad a la hora de informar.

En estos momentos en los que se hace tanto hincapié sobre el derecho que tienen los ciudadanos a recibir una información completa, veraz y transparente sobre todo lo que pueda acontecer en nuestro país, algunos medios de comunicación se presentan ante ellos como los más imparciales, garantistas y defensores de esos derechos y libertades.

Son estos mismos medios los que se encargan de airear las protestas y hacerse eco de cualquier reivindicación ciudadana, por muy absurda que esta pueda llegar a ser, basándose en la legitimidad de ésta y en el derecho a informar que tienen ellos.

Pero no todo vale. Ni todas las causas son merecedoras de titulares en prensa, ni todos los caminos para conseguirlo son aceptables.

En el caso del ébola, hemos podido escuchar una entrevista en directo vía teléfono con una persona que se encontraba entre la vida y la muerte, que con la voz comprensiblemente cansada respondía a las preguntas de su entrevistador. Este exclusivo documento, no nos engañemos, no tenía nada de humanitario pues nada aportaba a esta persona que se encontraba recluida en el hospital pasando por ese difícil trance y sí mucho de exclusiva morbosa con la que conmover al espectador u oyente de turno y con la que infundirle, aparte de pena, una preocupación por un problema, el del ébola, que hasta ahora nos quedaba a todos –el mundo desarrollado- muy lejano. Realmente, ¿era esto necesario? ¿Es esto periodismo?

Este hecho al igual que otras actuaciones y comentarios que hemos podido ver y oír en estos mismos medios han ido formateando el subconsciente de unos ciudadanos que, ante la gravedad de los acontecimientos y el miedo a lo desconocido, han protagonizado escenas desproporcionadas e impropias de una sociedad como la española.

La labor de informar ha quedado relegada, en muchas ocasiones, a simples acusaciones y reproches a los procedimientos llevados a cabo en la gestión del caso del ébola por parte de las autoridades que, aunque en gran parte merecidos, constatan como quienes están al otro lado ideológico no dejan pasar una oportunidad para atacar al gobierno, convirtiéndolo en su principal objetivo, haciendo de sus informaciones una mera crítica que no por más que se repita cobrará más veracidad.

Se trata de dar espectáculo y de hacer audiencia, aunque para ello se utilice la buena fe de los ciudadanos que opinan ante sus micrófonos, convirtiendo a alguno de ellos en portavoces que después de repetidas apariciones pierden la espontaneidad primera, pasando a transformarse en partícipes aleccionados con los que retroalimentarse. Estos mismos medios son los que además se jactan de repetir que dan voz a aquellos que nunca la tienen, que ellos siempre se encuentran donde está la noticia y que la ofrecen tal cual, de una forma natural y rigurosa.

Pero tras toda esta parafernalia y esa supuesta ética periodística se esconde no un ejercicio de información sino de irresponsabilidad en un momento crítico en el que se requiere unir apoyos para hacer un frente común y no para ver en él una oportunidad en la que poder arremeter contra el adversario político. Las críticas son buenas y necesarias, pero a su debido tiempo y ejercitándolas desde el análisis y la comprensión, siempre con ánimo de sumar y no de destruir y, en esta ocasión, sin olvidar la gravedad y lo novedoso de los hechos.

A pesar de la gran mejoría experimentada por la enferma, estos medios siguen aún empecinados en poner el acento en los posibles errores cometidos, como si les fuera en ello la supervivencia, no la de la enferma, sino la de ellos mismos, restando impacto a lo extraordinariamente positivo de la noticia.

El tremendismo, el magnificar los hechos y el sesgo en la información, ni que decir tiene, que no contribuyen a la objetividad informativa como tampoco que los propios moderadores lancen soflamas ideológicas conformando junto a los tertulianos un circo mediático en el que vocean sus posturas, enfrentándose unos bandos contra otros escenificando, según ellos, la pluralidad de pensamiento que existe en nuestro país y reflejando lo que pasa realmente en las calles.

Todo ello no hace más que rebajar al periodismo a la condición de simple herramienta al servicio del poder político de turno, denigrando la profesión y convirtiéndola ante la opinión pública en una trinchera ideológica y a los periodistas en meros soldados entregados a una causa partidista.

No, no todo vale en el mundo de la comunicación cuando parece que lo que prima es crear polémica y cuando son exclusivamente los escándalos los que copan los titulares, anunciados a bombo y platillo, eso sí, incidiendo machaconamente en unos y pasando a hurtadillas por otros, dependiendo del color político del periodista de turno. Esto no es más que sensacionalismo, puro amarillismo, no periodismo.

Que la opinión de los ciudadanos ha de tener hueco en los medios de comunicación no es sólo una obviedad sino que debe ser una obligación por parte de estos, pero que desde sus privilegiadas tribunas algunos informadores las utilicen para seguir su propio guión ideológico para defender intereses ajenos al periodismo, es otra cuestión.

Publicado en Top Comunicación

10 de octubre de 2014

De nuevo falla la comunicación

Tras ver y oír todo lo que está ocurriendo con la gestión de la comunicación en esta crisis del ébola, uno no puede dejar de pensar si en el Gobierno de la Nación y en el de la Comunidad de Madrid no hay nadie que, independientemente de la gestión técnica y médica de la crisis, se dé cuenta de que el nivel de alarmismo y preocupación social creados se debe a la inexistencia de una política de comunicación que contemple, al menos, los principios básicos que deben regir el comportamiento de los responsables políticos a la hora de hacer frente, desde la perspectiva de la comunicación, a situaciones como la que estamos viviendo.

Las declaraciones del aún consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, JavierRodríguez, es un claro ejemplo de esa nefasta actuación por parte de quienes deben transmitir, en estos momentos  tan delicados, con sus mensajes y actitudes la confianza y serenidad que necesita la población.

Sus inaceptables valoraciones personales sobre la actuación de la auxiliar de enfermería infectada, Teresa Romero, al acusarla de ocultar información sobre su estado a los médicos que la trataron en los primeros momentos, señalándola veladamente de culpable o sus críticas a los profesionales sanitarios cuestionando su capacidad para vestirse con las prendas de protección necesarias, son gestos que evidencian la falta de preparación de muchos miembros de nuestra clase política a la hora de transmitir sus mensajes a los ciudadanos. En este caso fue un gravísimo error de comunicación tanto el mensaje como las formas que acabaron restando credibilidad a cualquier dato que pudiera dar sobre la situación que estamos viviendo.

Y si este constituye un caso para el estudio de los profesionales de la comunicación en cuanto a todo lo que se ha de evitar, no más afortunada fue la rueda de prensa de la ministra de Sanidad, Ana Mato, el pasado día 6 cuando se conoció el primer contagio por ébola en España. En una rueda de prensa en la que se va a tratar un tema tan delicado y complicado, que menos que quien ha de responder lleve el guión si no aprendido, si estudiado.

Para quienes nos dedicamos a la comunicación, si repasamos las actuaciones de nuestras autoridades, vemos que han pasado por alto, cuando no ignorado incomprensiblemente, puntos esenciales a la hora de abordar una crisis como la que padecemos.

En este análisis podemos señalar que no han tenido en cuenta a los diferentes públicos afectados a los que debían dirigirse. A algunos directamente los han ignorado como ha sido el colectivo sanitario, tampoco han considerado que, en casos como el que vivimos que tienen una enorme repercusión pública y mediática, los medios necesitan tener información clara, actualizada y centralizada, ofrecida por un portavoz experto en el tema y preparado para atender y satisfacer las necesidades informativas de los medios de comunicación y los periodistas.

Igualmente parecen desconocer la reacción que la opinión pública puede llegar a mostrar en escenarios de crisis sanitarias como la actual, donde los ciudadanos demandan y deben recibir información rápida, clara y transparente que neutralice rumores o bulos, como los ocurridos en las redes sociales, donde los mensajes falsos han creado una alarma y preocupación extrema e innecesaria entre los ciudadanos.

Una información que también debe tener en cuenta el elemento emocional, el miedo y la incertidumbre ante una situación desconocida hasta ahora y que afecta no sólo, aunque salvando las distancias, a las personas infectadas, sus familiares y amigos, y a toda la sociedad en general.

Sólo con una comunicación precisa y adecuada a esta situación, controlada por responsables y expertos en la materia, se evitará que se incrementen la preocupación y el alarmismo entre los ciudadanos, así como en un colectivo, el de los profesionales sanitarios, que han de hacer frente directamente a un reto muy complicado.

Y todo ello sin evadir responsabilidades o minimizar la importancia de situaciones que puedan darse, sin culpar a terceras personas y, mucho menos, a las propias víctimas, de todo lo que está aconteciendo. En estos momentos no caben conductas agresivas, declaraciones fuera de tono y actuaciones que puedan dar la sensación de incompetencia por parte de aquellas autoridades que, precisamente ahora, han de mostrar su responsabilidad, su buen hacer y sus habilidades comunicativas ante los medios y la opinión pública.

Se trata de un ejercicio de responsabilidad por parte de las autoridades en el que sólo si se apuesta por el verdadero desarrollo de una estrategia de comunicación de crisis comenzarán a reducirse los niveles de preocupación, ansiedad y alarmismo que ahora padecemos y que también permitirá que los profesionales sanitarios y los técnicos puedan dedicarse, exclusivamente, a trabajar sin presiones y en las mejores condiciones físicas, psíquicas y materiales para hacer frente al enemigo en esta batalla que no es otro que el ébola.

Gestionar una situación de crisis no es algo imposible por muy difícil que esta sea, el problema radica en que quienes han hacerlo siguen sin aprender, después de experiencias como la del “Prestige”, que en muchas ocasiones es la comunicación lo que falla.

Publicado en Top Comunicación.