"La boca amable multiplica sus amigos; la lengua que habla bien multiplica las afabilidades"
Libro de Sirácides

26 de diciembre de 2014

Prueba superada

El primer mensaje de Navidad de Su Majestad Felipe VI de España, esperado con lógico interés por ser el primero del nuevo monarca y por la reciente decisión judicial que casi con total seguridad llevará a su hermana al banquillo de los acusados, fue una prueba superada tanto en la forma como en el contenido de las 1.643 palabras desgranadas a lo largo de los 13 minutos y 25 segundos que duró el mismo.

En la forma porque con el objetivo de marcar diferencias con los mensajes de Don Juan Carlos, en marcos más solemnes e institucionales del Palacio de la Zarzuela, Don Felipe optó por un escenario mucho más cercano, perfectamente equiparable al salón que puedan tener muchos españoles en sus casas, lo que sin duda creó un entorno más cálido.

Fotos familiares de la Reina, de la Princesa de Asturias, de la Infanta Doña Sofía y de los Reyes Padres el día de la abdicación, un sencillo belén en nada parecido a los barrocos que aparecían en los mensajes de su padre y una también sencilla decoración navideña ayudaron a los españoles a identificarse con ese escenario. Todo ello con un único y claro objetivo, hacer que los telespectadores no fijaran su atención en nada que no fueran las palabras y gestos del Rey.

Lenguaje gestual perfecto. Piernas cruzadas y manos sobre ellas, que movió muy acertadamente, acompañadas de una adecuada gesticulación del rostro. Todo ello con la correcta entonación y modulación de la voz para poner el énfasis en aquellos pasajes de su discurso que así lo exigían.

El vestuario también muy correcto y sobrio. Traje gris con camisa blanca, gemelos y corbata azul con pequeños dibujos blancos.

En lo que tiene que ver con el contenido hay que decir que tocó todos los temas que interesan y quitan el sueño a sus compatriotas, como son la corrupción, la situación económica, el descrédito sufrido por las instituciones, Cataluña y el futuro ilusionante que debe estar asentado en un magnifico pasado del que algunos ahora reniegan o pretenden ignorar y demoler.

En cuanto a la corrupción fue claro al señalar los males que en este sentido nos aquejan y la necesidad de una profunda regeneración social, mientras que sin citar expresamente a su hermana, Doña Cristina, subrayó que “las conductas que se alejan del comportamiento que cabe esperar de un servidor público provocan, con toda razón, indignación y desencanto” para añadir una frase esencial referida también al procesamiento de la Infanta, cuando dijo que “debemos cortar de raíz y sin contemplaciones la corrupción”. Más claro, agua.

Respecto a la situación económica, Su Majestad no fue tan optimista como hace unos días Rajoy, y habló en presente de la misma al mencionar los alto índices de desempleo que “son todavía inaceptables y frustran las expectativas de nuestros jóvenes y de muchos hombres y mujeres que llevan tiempo en el paro”, para añadir que “es cierto que nuestras empresas son punteras en muchos sectores en todo el mundo; pero también lo es que nuestra economía no ha sido capaz, todavía, de resolver de manera definitiva este desequilibrio fundamental”. Todo ello con el objetivo de poder seguir garantizando nuestro Estado del Bienestar.

Sobre el auge del independentismo en Cataluña, el Rey hizo en contra de lo habitual en este tipo de mensajes, una alusión clara y expresa a la situación creada en esa región española y aludió a lo emocional al referirse a que “millones de españoles llevan, llevamos, a Cataluña en el corazón. Como también para millones de catalanes los demás españoles forman parte de su propio ser” para añadir a continuación que “nadie en la España de hoy es adversario de nadie”.

Además, subrayó que los desencuentros no se resuelven con rupturas emocionales o sentimentales e hizo un llamamiento al entendimiento y al diálogo cuando expresó la necesidad de hacer un esfuerzo leal y sincero para “reencontrarnos en lo que nunca deberíamos perder: los afectos mutuos y los sentimientos que compartimos. Respetemos la Constitución que es la garantía de una convivencia democrática, ordenada, en paz y libertad”.

Las palabras “futuro” y “esperanza”, fueron también eje del discurso de Don Felipe en este primer mensaje de Navidad a los españoles, a los cuales recordó que “afortunadamente, no partimos de cero, ni mucho menos, y, por ello, no debemos olvidar lo que hemos conseguido juntos con grandes esfuerzos y sacrificios, generación tras generación; que es mucho y lo debemos valorar con orgullo”, para añadir que tenemos la responsabilidad de corregir fallos para “mejorar y acrecentar los activos de la España de hoy, con la vista puesta en un futuro que nos pertenece a todos los españoles”.

Una clara advertencia a los ciudadanos para que permanezcan alerta ante aventureros irresponsables que aprovechando las dificultades por las que pasa nuestro país, ponen en serio peligro la estabilidad política de la que disfrutamos desde hace casi 40 años con propuestas fáciles, demagógicas y populistas.

Un solo pero tiene el mensaje en cuanto a contenido, no haber mencionado a las víctimas del terrorismo, que aunque no se cometan ya atentados, hay muchos hogares de los que anoche estuvieron ausentes cientos de inocentes asesinados inútilmente y a los que no hay que olvidar nunca.

En definitiva, prueba superada para Su Majestad el Rey en su primer mensaje de Navidad, cerrado en español, catalán, vasco y gallego y donde como ocurre en otras monarquías parlamentarias avanzadas, el soberano se dirige a sus compatriotas a través de circunloquios, como no puede ser de otro modo, como consecuencia de la propia naturaleza de su autoridad y representatividad, expresándose con gestos y palabras medidas pero muy cargadas de contenido social y político.

Publicado en Top Comunicación

4 de noviembre de 2014

La comunicación, bálsamo contra la corrupción

No corren buenos tiempos para quienes desean dedicarse a la “cosa pública”; sus protagonistas en nuestro país se están viendo inmersos en una espiral desenfrenada que les lleva en caída libre hacia el mayor y más oscuro de los abismos, a tenor de las informaciones con las que cada día los ciudadanos de este país nos desayunamos.

Pero basta con tirar de hemeroteca para darnos cuenta que la corrupción que hoy padecemos no es un mal nuevo, aunque haya quienes prefieran así creerlo. Casi todos los partidos políticos de nuestro país tienen tras de sí un pasado en el que los casos de corruptelas y demás delitos les han salpicado en mayor o menor medida y en alguna ocasión, como también se dice ahora, hemos vivido tiempos en los que la situación se convirtió en insostenible y hacían peligrar los cimientos de nuestro Estado democrático, al igual que tampoco es nuevo que haya voces que se alcen exigiendo un saneamiento y regeneración de la vida política, aunque parece que a veces nos falla la memoria.

Lo que sí hay en esta situación de novedoso es su repercusión mediática, eso es lo que les diferencia de otros tiempos. Ahora, a los medios tradicionales se suman los medios digitales que aportan una inmediatez, difusión y repercusión inauditos y que han hecho de las redes sociales un extraordinario vehículo de expresión para eruditos y profanos, con los pros y contras que ello pueda suponer para poder discernir el polvo de la paja, pero en el que afortunadamente todas las opiniones tienen cabida y tras las cuales quedan retratados algunos individuos que tienen a bien manifestarse a través de este mundo virtual.

Los ciudadanos, ahora igual que entonces, estamos ávidos de respuestas de nuestros representantes, de esos que hemos elegido y que a su vez han elegido a otros para que les acompañen en la tarea encomendada y de los que sólo sabemos de su existencia cuando vemos sus fotos publicadas en algún medio al verse implicados en algún escándalo, como está siendo habitual.

En este contexto, no vale sólo pedir perdón o publicar en la correspondiente web de turno el patrimonio con el que cuentan cada uno de ellos, -ya sabemos todos lo fácil que es manejar y manipular estos datos-, aunque válida, esa es sólo una mínima medida para intentar atajar este gravísimo problema.

La clase política necesita afrontar sin ambages esta difícil situación y llevar a cabo un ejercicio de responsabilidad a la altura que demandan los hechos, haciéndose vital comunicar con claridad y sentido crítico a la ciudadanía que es lo que está pasando y trabajar por recuperar la desastrosa imagen que los ciudadanos tienen actualmente de ella.
Se trata de una situación de crisis y, como tal, gobierno y partidos representativos deben desarrollar una estrategia de comunicación que frene y ponga razón a este sinsentido que inunda la vida pública española y recuperar la reputación perdida.

Esta estrategia, aplicable a la actual vida pública española, debería integrar una serie de puntos esenciales en la comunicación de crisis que, por básicos, no dejan de ser imprescindibles a la hora de transmitir de forma efectiva aquellos mensajes dirigidos a los ciudadanos y que podrían resumirse en cinco puntos:

- Evitar el silencio y la inacción: si no actuamos, otros lo harán en nuestro lugar, especialmente los adversarios políticos, ofreciendo su particular y partidista visión del problema.

- No mentir: los errores se pueden perdonar, la mentira no. En política esto se paga caro.

- Reconocer los errores: si los hechos están constatados, el reconocerlos no nos hará ni más culpables ni más vulnerables y sí más humanos.

- Ser transparentes: ofrecer de forma clara la información de la que se disponga.

- Asumir responsabilidades: la asunción de responsabilidad demuestra el grado de compromiso con la ciudadanía que es a quien se sirve.

Estas pautas esenciales necesitarían complementarse, naturalmente, con el desarrollo de acciones en otros ámbitos que escapan al de la comunicación y que, junto con ellas, pondrían en valor a todos aquellos que realmente tienen vocación política y que ven en ella su esencia, la de labor con la contribuir al desarrollo y bienestar de la ciudadanía, sin olvidar que es a ésta a la que se deben y sirven en todo momento.

Este sería un primer pero importante paso para recuperar la imagen y la credibilidad perdidas por la clase política.

20 de octubre de 2014

Ébola: el virus amarillo de la información

El caso del primer contagio de ébola en nuestro país es un ejemplo más de cómo no todos los medios tratan la información de la misma forma y no por su línea editorial que, como es natural. difieren de unos a otros, sino por su responsabilidad a la hora de informar.

En estos momentos en los que se hace tanto hincapié sobre el derecho que tienen los ciudadanos a recibir una información completa, veraz y transparente sobre todo lo que pueda acontecer en nuestro país, algunos medios de comunicación se presentan ante ellos como los más imparciales, garantistas y defensores de esos derechos y libertades.

Son estos mismos medios los que se encargan de airear las protestas y hacerse eco de cualquier reivindicación ciudadana, por muy absurda que esta pueda llegar a ser, basándose en la legitimidad de ésta y en el derecho a informar que tienen ellos.

Pero no todo vale. Ni todas las causas son merecedoras de titulares en prensa, ni todos los caminos para conseguirlo son aceptables.

En el caso del ébola, hemos podido escuchar una entrevista en directo vía teléfono con una persona que se encontraba entre la vida y la muerte, que con la voz comprensiblemente cansada respondía a las preguntas de su entrevistador. Este exclusivo documento, no nos engañemos, no tenía nada de humanitario pues nada aportaba a esta persona que se encontraba recluida en el hospital pasando por ese difícil trance y sí mucho de exclusiva morbosa con la que conmover al espectador u oyente de turno y con la que infundirle, aparte de pena, una preocupación por un problema, el del ébola, que hasta ahora nos quedaba a todos –el mundo desarrollado- muy lejano. Realmente, ¿era esto necesario? ¿Es esto periodismo?

Este hecho al igual que otras actuaciones y comentarios que hemos podido ver y oír en estos mismos medios han ido formateando el subconsciente de unos ciudadanos que, ante la gravedad de los acontecimientos y el miedo a lo desconocido, han protagonizado escenas desproporcionadas e impropias de una sociedad como la española.

La labor de informar ha quedado relegada, en muchas ocasiones, a simples acusaciones y reproches a los procedimientos llevados a cabo en la gestión del caso del ébola por parte de las autoridades que, aunque en gran parte merecidos, constatan como quienes están al otro lado ideológico no dejan pasar una oportunidad para atacar al gobierno, convirtiéndolo en su principal objetivo, haciendo de sus informaciones una mera crítica que no por más que se repita cobrará más veracidad.

Se trata de dar espectáculo y de hacer audiencia, aunque para ello se utilice la buena fe de los ciudadanos que opinan ante sus micrófonos, convirtiendo a alguno de ellos en portavoces que después de repetidas apariciones pierden la espontaneidad primera, pasando a transformarse en partícipes aleccionados con los que retroalimentarse. Estos mismos medios son los que además se jactan de repetir que dan voz a aquellos que nunca la tienen, que ellos siempre se encuentran donde está la noticia y que la ofrecen tal cual, de una forma natural y rigurosa.

Pero tras toda esta parafernalia y esa supuesta ética periodística se esconde no un ejercicio de información sino de irresponsabilidad en un momento crítico en el que se requiere unir apoyos para hacer un frente común y no para ver en él una oportunidad en la que poder arremeter contra el adversario político. Las críticas son buenas y necesarias, pero a su debido tiempo y ejercitándolas desde el análisis y la comprensión, siempre con ánimo de sumar y no de destruir y, en esta ocasión, sin olvidar la gravedad y lo novedoso de los hechos.

A pesar de la gran mejoría experimentada por la enferma, estos medios siguen aún empecinados en poner el acento en los posibles errores cometidos, como si les fuera en ello la supervivencia, no la de la enferma, sino la de ellos mismos, restando impacto a lo extraordinariamente positivo de la noticia.

El tremendismo, el magnificar los hechos y el sesgo en la información, ni que decir tiene, que no contribuyen a la objetividad informativa como tampoco que los propios moderadores lancen soflamas ideológicas conformando junto a los tertulianos un circo mediático en el que vocean sus posturas, enfrentándose unos bandos contra otros escenificando, según ellos, la pluralidad de pensamiento que existe en nuestro país y reflejando lo que pasa realmente en las calles.

Todo ello no hace más que rebajar al periodismo a la condición de simple herramienta al servicio del poder político de turno, denigrando la profesión y convirtiéndola ante la opinión pública en una trinchera ideológica y a los periodistas en meros soldados entregados a una causa partidista.

No, no todo vale en el mundo de la comunicación cuando parece que lo que prima es crear polémica y cuando son exclusivamente los escándalos los que copan los titulares, anunciados a bombo y platillo, eso sí, incidiendo machaconamente en unos y pasando a hurtadillas por otros, dependiendo del color político del periodista de turno. Esto no es más que sensacionalismo, puro amarillismo, no periodismo.

Que la opinión de los ciudadanos ha de tener hueco en los medios de comunicación no es sólo una obviedad sino que debe ser una obligación por parte de estos, pero que desde sus privilegiadas tribunas algunos informadores las utilicen para seguir su propio guión ideológico para defender intereses ajenos al periodismo, es otra cuestión.

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10 de octubre de 2014

De nuevo falla la comunicación

Tras ver y oír todo lo que está ocurriendo con la gestión de la comunicación en esta crisis del ébola, uno no puede dejar de pensar si en el Gobierno de la Nación y en el de la Comunidad de Madrid no hay nadie que, independientemente de la gestión técnica y médica de la crisis, se dé cuenta de que el nivel de alarmismo y preocupación social creados se debe a la inexistencia de una política de comunicación que contemple, al menos, los principios básicos que deben regir el comportamiento de los responsables políticos a la hora de hacer frente, desde la perspectiva de la comunicación, a situaciones como la que estamos viviendo.

Las declaraciones del aún consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, JavierRodríguez, es un claro ejemplo de esa nefasta actuación por parte de quienes deben transmitir, en estos momentos  tan delicados, con sus mensajes y actitudes la confianza y serenidad que necesita la población.

Sus inaceptables valoraciones personales sobre la actuación de la auxiliar de enfermería infectada, Teresa Romero, al acusarla de ocultar información sobre su estado a los médicos que la trataron en los primeros momentos, señalándola veladamente de culpable o sus críticas a los profesionales sanitarios cuestionando su capacidad para vestirse con las prendas de protección necesarias, son gestos que evidencian la falta de preparación de muchos miembros de nuestra clase política a la hora de transmitir sus mensajes a los ciudadanos. En este caso fue un gravísimo error de comunicación tanto el mensaje como las formas que acabaron restando credibilidad a cualquier dato que pudiera dar sobre la situación que estamos viviendo.

Y si este constituye un caso para el estudio de los profesionales de la comunicación en cuanto a todo lo que se ha de evitar, no más afortunada fue la rueda de prensa de la ministra de Sanidad, Ana Mato, el pasado día 6 cuando se conoció el primer contagio por ébola en España. En una rueda de prensa en la que se va a tratar un tema tan delicado y complicado, que menos que quien ha de responder lleve el guión si no aprendido, si estudiado.

Para quienes nos dedicamos a la comunicación, si repasamos las actuaciones de nuestras autoridades, vemos que han pasado por alto, cuando no ignorado incomprensiblemente, puntos esenciales a la hora de abordar una crisis como la que padecemos.

En este análisis podemos señalar que no han tenido en cuenta a los diferentes públicos afectados a los que debían dirigirse. A algunos directamente los han ignorado como ha sido el colectivo sanitario, tampoco han considerado que, en casos como el que vivimos que tienen una enorme repercusión pública y mediática, los medios necesitan tener información clara, actualizada y centralizada, ofrecida por un portavoz experto en el tema y preparado para atender y satisfacer las necesidades informativas de los medios de comunicación y los periodistas.

Igualmente parecen desconocer la reacción que la opinión pública puede llegar a mostrar en escenarios de crisis sanitarias como la actual, donde los ciudadanos demandan y deben recibir información rápida, clara y transparente que neutralice rumores o bulos, como los ocurridos en las redes sociales, donde los mensajes falsos han creado una alarma y preocupación extrema e innecesaria entre los ciudadanos.

Una información que también debe tener en cuenta el elemento emocional, el miedo y la incertidumbre ante una situación desconocida hasta ahora y que afecta no sólo, aunque salvando las distancias, a las personas infectadas, sus familiares y amigos, y a toda la sociedad en general.

Sólo con una comunicación precisa y adecuada a esta situación, controlada por responsables y expertos en la materia, se evitará que se incrementen la preocupación y el alarmismo entre los ciudadanos, así como en un colectivo, el de los profesionales sanitarios, que han de hacer frente directamente a un reto muy complicado.

Y todo ello sin evadir responsabilidades o minimizar la importancia de situaciones que puedan darse, sin culpar a terceras personas y, mucho menos, a las propias víctimas, de todo lo que está aconteciendo. En estos momentos no caben conductas agresivas, declaraciones fuera de tono y actuaciones que puedan dar la sensación de incompetencia por parte de aquellas autoridades que, precisamente ahora, han de mostrar su responsabilidad, su buen hacer y sus habilidades comunicativas ante los medios y la opinión pública.

Se trata de un ejercicio de responsabilidad por parte de las autoridades en el que sólo si se apuesta por el verdadero desarrollo de una estrategia de comunicación de crisis comenzarán a reducirse los niveles de preocupación, ansiedad y alarmismo que ahora padecemos y que también permitirá que los profesionales sanitarios y los técnicos puedan dedicarse, exclusivamente, a trabajar sin presiones y en las mejores condiciones físicas, psíquicas y materiales para hacer frente al enemigo en esta batalla que no es otro que el ébola.

Gestionar una situación de crisis no es algo imposible por muy difícil que esta sea, el problema radica en que quienes han hacerlo siguen sin aprender, después de experiencias como la del “Prestige”, que en muchas ocasiones es la comunicación lo que falla.

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16 de junio de 2014

Símbolos de la Proclamación de Felipe VI

El próximo 19 de junio España tiene una cita con la Historia en mayúsculas, en el Congreso de los Diputados cuando Don Felipe acuda al edificio de la Carrera de San Jerónimo a prestar solemne juramento como nuevo Rey de España con el nombre de Felipe VI.

En ese momento se desplegará o debería desplegarse toda la pompa y boato de la Monarquía, porque ésta además de libertad, democracia, continuidad, unidad y estabilidad, también significa historia y tradición y no se entendería una proclamación real sin el debido protocolo y la simbología monárquica correspondiente.

En este sentido por ejemplo, se han oído voces pidiendo que el futuro rey acuda vestido de calle, con chaqueta y corbata, aludiendo a una modernidad una vez más mal entendida de la Institución. El Rey de España por el hecho de serlo ejerce, según la Constitución, el mando supremo de las Fuerzas Armadas y por tanto, el vestir uniforme de capitán general no solo es acorde a la nueva responsabilidad, sino que también entronca con la más fiel tradición de todo monarca. No hay más que echar un vistazo a otras casas reales de nuestro entorno.

Por tradición también, el príncipe y futuro rey llevará en lugar bien visible otro símbolo de la Monarquía, el Toisón de Oro, la más importante orden dinástica del mundo, de la que Don Felipe pasará a ser Gran Maestre y que además, como ocurriera con los escudos de armas de sus antecesores, también lucirá en su guión real. Lo mismo ocurrirá con la banda de la Real y Distinguida Orden de Carlos III, que Don Felipe lucirá en su uniforme.

Pero dos de los objetos que podremos ver son los símbolos por excelencia de la Monarquía: la corona y el cetro. La corona realizada en 1775, se ha utilizado en todas las ceremonias de proclamación desde Isabel II, como representación del régimen monárquico, si bien difiere de lo que la heráldica establece para la Corona de los Reyes de España. Así, ésta no es de oro, no tiene engastadas piedras preciosas, ni las diademas están cargadas de perlas. Es de plata sobredorada, tiene ocho florones, diseñados a modo de espejos lisos en los que aparecen las Armas de los Reinos de Castilla, León, Granada, Parma y Tirol y las Armas de los Borbones, la flor de lis.

Precisamente por ser representativa y simbólica tiene unas dimensiones excepcionalmente grandes, 18 cm. en el aro, 39 cm. de altura, 40 cm de diámetro y pesa casi un kilo. Las diademas son coronas de laurel, haces de palmas y espigas de trigo, que simbolizan la abundancia y el progreso. Todas las diademas están rematadas por el orbe con el ecuador del que emerge una cruz, simbología propia de los monarcas católicos.

Por lo que al cetro se refiere, éste es materialmente más rico que la corona y más antiguo, probablemente del reinado de Felipe IV, y está formado por un bastón de oro cilíndrico de 68 cm. revestido de filigrana de plata con esmaltes azules. Cada 20 centímetros luce un anillo de rubíes y lo termina una esfera de cristal de roca tallado en forma rombos.

Ambos objetos de valor histórico incalculable, los veremos el jueves colocados sobre un cojín porque de acuerdo al protocolo deben estar colocados en lugar bien visible y preferente, en todos aquellos actos especialmente solemnes relacionados con la Monarquía. Una vez más, asistiremos a una breve pero enriquecedora lección de historia.

9 de febrero de 2014

La Casa Real por buen camino

La asistencia de una Infanta de España al Juzgado para declarar ante el juez en calidad de imputada, concitó ayer la atención mediática de la prensa de medio mundo y de la sociedad en general por lo insólito del hecho.

Medios, oportunistas políticos y público en general tomaron posiciones en las inmediaciones del Juzgado número 3 de Palma de Mallorca para curiosear, insultar, criticar o presentar sus reivindicaciones. El variopinto público presente iba desde republicanos en cantidad más bien exigua, hasta colectivos gays, pasando por ecologistas, trabajadores de Coca-Cola, antifranquistas, independentistas catalanes, defensores de los perros y de los jueces Garzón, Elpidio José Silva o el propio juez Castro.

Todos a la espera de recibir la carnaza en forma de imagen de Doña Cristina entrando en el Juzgado para comparecer ante el juez en una instantánea que hoy da la vuelta al mundo, se retuitea una y mil veces y hace hervir las redes sociales.

Una imagen donde analizar hasta la extenuación los gestos, el vestuario o el peinado para alimentar la bestia mediática y popular más interesada en ver a la Infanta padecer esa “pena del telediario” que incrementa el daño a su imagen y reputación, que en lo verdaderamente importante, que era conocer su versión de los hechos, aunque a estas alturas esto ya no importe porque ha sido juzgada y condenada socialmente y es irrecuperable para volver a representar a la Corona. Su imagen y reputación han sufrido un devastador desgaste que tardará mucho en recuperarse, si es que alguna vez lo consigue.

Pero la Infanta ayer mejoró su comportamiento, lejos de los errores que tanto ella como la Casa Real han cometido en el pasado en la gestión de esta grave crisis que les afecta.

Doña Cristina llegó al Juzgado de acuerdo a lo que la seguridad de su persona permitió, pues si la Policía no hubiera puesto reparo alguno, bien podría haber descendido a pie la famosa rampa, tal y como reclaman algunos que denuncian trato de favor hacia su persona, pero olvidando no sabemos si intencionadamente, que ella no es una persona más, es una Infanta de España y como tal, moleste o no, guste o no, debe tener un trato diferenciado y su seguridad debe estar garantizada. Es su estatus. No fue un privilegio, fue responsabilidad.

Llegó peinada como siempre, ligeramente maquillada y vestida de manera sobria con una chaqueta de terciopelo azul marino, una blusa blanca, unos pantalones azules, botines y bolso negros.

Al descender del vehículo que paró unos metros antes de llegar a la entrada sonrió, dio los buenos días a los presentes y recorrió los escasos metros hasta la puerta haciendo el “paseíllo”, mientras posaba la mirada sobre periodistas y cámaras para que pudieron fotografiarla y grabarla sin problemas.

Doña Cristina acertó plenamente con este modo de actuar y habló a través del gesto. Sonrió, no miró al suelo, caminó tranquilamente y no rehuyó la visión directa a las personas y periodistas allí presentes, con el objetivo de transmitir el mensaje de naturalidad a pesar de lo excepcional del acto, pero además transmitió normalidad, transparencia, seguridad y serenidad.

En definitiva, se comportó públicamente tal y como viene haciéndolo toda su vida como Infanta de España que es, y la escenografía fue la de un acto oficial, por más que ahora, tertulianos, políticos, periodistas y expertos en imagen, se dediquen a analizar lo ocurrido y tengamos opiniones más o menos autorizadas para todos los gustos.

Desde el punto de vista de la gestión de la comunicación Doña Cristina y la Casa Real acertaron con la puesta en escena de ayer, e independientemente de cómo se desarrollen los acontecimientos, confiemos en que sea el inicio de una corregida y mejorada política de comunicación para gestionar la peor crisis que ha sufrido la Corona desde la restauración de la Monarquía. Parece que la Casa Real va por buen camino.