"Donde funciona un televisor hay alguien que no está leyendo"
John Irving, escritor estadounidense. (1942)

16 de noviembre de 2011

Protocolo: ocho años perdidos

Llega a su fin la segunda legislatura de Rodríguez Zapatero. Ocho años en los que se ha desaprovechado la ocasión de mejorar y modernizar lo relativo al protocolo en nuestro país.

Para empezar, tras casi treinta años de su entrada en vigor, todavía sigue sin tocarse el Real Decreto 2099/83 sobre el Reglamento de Ordenación General de Precedencias del Estado para entre otras cosas, adaptarlo al desarrollo que ha tenido el modelo territorial español, nuestra incorporación a las instituciones de la Unión Europea y en definitiva, la paulatina consolidación de nuestro régimen de libertades que lógicamente también afecta a lo relativo al mundo del protocolo.

La única excepción a esto ha sido la reciente actualización del Reglamento de Honores Militares por el Real Decreto 684/2010, que regula entre otras cosas los honores militares que recibirán las autoridades del Estado en los actos oficiales.

Uno no puede dejar de pensar ante la inacción gubernamental, que ésta se debe a su desinterés por el asunto en lo que a Europa se refiere y a los intereses políticos y electorales en lo que a España concierne, pues la aplicación en determinadas comunidades autónomas de aspectos protocolarios podría herir susceptibilidades en los sensibles partidos de corte nacionalista.

Pues bien, en lugar de afrontar las necesarias reformas que actualizasen todo lo referido al protocolo tras consultar con el sector, se optó por tomar medidas para la galería promulgando normas como el "Código de buen gobierno de los miembros del Gobierno y de los altos cargos de la Administración General del Estado", donde se hacen concesiones al populismo suprimiendo más por desconocimiento que por otra causa, el tratamiento de excelencia e ilustrísima para los cargos del Estado o la supresión de la Dirección General de Protocolo del Ministerio de Asuntos Exteriores, y por ende, la degradación de la figura del Introductor de Embajadores.

Todo esto por no hablar de las numerosas y repetidas meteduras de pata de la Administración, donde las banderas se colocaban al libre albedrío, en las ceremonias oficiales los representantes del Gobierno saludaban como mejor les parecía, o los señores ministros se vestían según sus gustos pasando olímpicamente de lo establecido en cada caso por el protocolo. En definitiva, ocho años perdidos.

Ahora solo nos queda esperar que el nuevo gobierno afronte de una vez por todas la necesaria actualización del protocolo en nuestro país, pero dejando a un lado complejos, populismos y pretendidas modernidades, para tener en cuenta las necesidades e intereses del sector, la opinión de los profesionales y la tradición de un viejo reino como España, que puede tener el mejor y más moderno protocolo, sin renunciar a su historia, sus tradiciones y sus instituciones seculares.