El pasado
viernes se volvió a repetir en el Estadio Vicente Calderón , el
bochornoso espectáculo de la pitada al Himno Nacional y al Príncipe por ser
ambos, junto con la
Bandera Nacional una representación de los principales
símbolos de la nación española, convertida en el imaginario de muchos de los
allí presentes, en sujeto de todos sus males.
Un acto grave
que, azuzado y animado días antes por irresponsables representantes políticos
de los ciudadanos, debería avergonzarnos a todos como habitantes de un país
libre y democrático, pues algo debe estar haciéndose muy mal para que desde
instancias políticas y deportivas se anime a abuchear y pitar a los símbolos de
todos so pretexto de la libertad de expresión, por más que se intente quitar
importancia a lo acaecido y nadie desde entidad alguna haya pedido todavía
perdón por ello.
Hay un miedo generalizado a la defensa de los símbolos nacionales, tanto por parte de la clase política, como de la intelectualidad y de los ciudadanos en general, consecuencia en gran parte del pánico a la pérdida de imagen política, del desconocimiento de nuestra historia y de cierto complejo de inferioridad. Todo ello disfrazado de modernidad y de un relativismo cada vez más peligroso.
Los símbolos, como representación que son de unos ideales, de una cultura, de una tradición y de un país, son sujetos que merecen toda nuestra consideración y por tanto, deben ser tratados con el máximo respeto pues su ofensa hiere la dignidad de personas e instituciones.
No se entiende que los mismos que silbaron y abuchearon al Himno Nacional en la final de la Copa de Su Majestad el Rey, exijan luego el máximo respeto a sus signos y símbolos regionales, demostrando con su comportamiento su total falta de respeto al prójimo, su mala educación y su incapacidad para vivir en una nación democrática, moderna y civilizada como es España.


